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“¡A LA MIERDA!” MEMORIAS DE UN BEDUINO EN EL CONGRESO DE LOS DIPUTADOS, POR JOSÉ ANTONIO LABORDETA

¡TODOS SOMOS LABORDETA!

Vía El Periódico de Aragón

Entre el 5 de febrero de 2003 y el 18 de marzo del mismo año, las tensiones fueron excesivas en el Congreso y en la calle: las manifestaciones eran cada vez más numerosas y acentuaron los nervios y la irritación del Gobierno y sus diputados.Se organizaban recitales en Madrid, en Barcelona, en Zaragoza y en muchos lugares de España para gritar: “¡No a la guerra!”.

En esa situación un día me tocó participar en una interpelación al ministro de Fomento en relación con LOS PLANES DEL GOBIERNO PARA SOLVENTAR, ADECUADAMENTE, LOS PROBLEMAS QUE SE ESTÁN PRODUCIENDO EN EL ÁMBITO DE LAS INFRAESTRUCTURAS PÚBLICAS EN ARAGÓN.

Lo escribo con mayúsculas como lo hace el Diario de Sesiones.

Interpelaciones, con lo pobres que estábamos en cuanto a cupos y turnos, no podíamos rechazar ninguna. Eran tan escasas que el día que te correspondía, la preparabas como si de una tesis doctoral se tratase.

Eran ya las últimas horas de una tarde dura y cruda por los asuntos tratados en el Pleno y las primeras de una noche en la que en el hemiciclo apenas quedaban diputados, si bien algunos, ya en las interpelaciones anteriores, habían demostrado su espíritu “combativo” cuando, bajo la presidencia de Margarita Mariscal de Gante, mucho más relajada Que la exalcaldesa zaragozana, subí a la tribuna y aclaré: “Señor ministro -era Álvarez-Cascos-, la presente interpelación fue presentada el pasado 20 de febrero, pero por esas cuestiones de las mayorías y de las minorías no ha entrado dentro del cupo correspondiente hasta la fecha de hoy en el Pleno”.

Aclarado este punto, que desconocía y que conocí gracias a la intervención de la letrada Mercedes Araujo, que nos sacaba del hondón de la burocracia con una sencillez que yo admiraba, solté un discurso de esos “patrióticos reivindicativos” que el Beduino llevaba mascullando desde hacía años en contra de las persuasivas divagaciones del señor secretario de Estado, don Benigno Blanco, que, con un cinismo perfecto, auguraba la desaparición de trenes convencionales y el beneficio con la puesta en funcionamiento del AVE, para desesperación de los clientes de las estaciones intermedias, que no aparecían en los planes del Gobierno de Aznar.

Mi intención, frente a la actitud siempre brusca del ministro -en otra ocasión llegó a llamarme “cigarra”, por lo de cantor, y a ponerse él de hormiguita laboriosa-, era la de conocer los planes que tenía el Gobierno en relación con mi pequeño país.

Como de costumbre, el señor ministro salió por peteneras y comenzó un ataque a los gobiernos socialistas del señor González, acusándolos de todos los males existentes hasta la llegada al Gobierno del Partido Popular. Con una oratoria exaltada se pavoneó de los beneficios que recibirían los lugares por donde no iba a pasar el AVE.

Cuando le pregunté por los trenes de cercanías me aseguró que eso ya no se llevaba. “Ya no existen”, dijo.

– ¿Y los rótulos de Cercanías en Chamartín?

Eso es que todavía no han retirado los carteles.

En esta polémica andábamos. También me dio fechas para la inauguración de la autovía Zaragoza- Teruel, cuando desde las bancadas de los populares empezó a crecer un murmullo, llamémoslo rumor tal y como dice el Diario de Sesiones, que aumentó cuando le respondí al ministro y le aseguré que la autovía no la iban a inaugurar en 2004.

Cuando le confirmé que iba mucho a Teruel, desde esas bancadas, en las que permanecían escasos diputados, de esos que podríamos llamar los hooligans, cuyo único objetivo es desconcertar a quien está en la tribuna, aumentaron los rumores. Cuando afirmé y reafirmé que iba a Teruel, los de la movida comenzaron a removerse y a intentar desconcertarme recordándome, cada vez de una manera más ofensiva, mi trabajo televisivo en la serie de Un país en la mochila, y alguno hasta me dijo: “Canta, cantautor de las narices”.

Y ahí salté. No pude más. La tensión acumulada esos días con la violencia contra Irak y las largas sesiones de enfrentamientos dialécticos con un muro de duro cemento humano me lanzaron a la dialéctica de la descalificación por encima de todo.

Transcribo lo que consta en el Diario de Sesiones, aunque, como más de una vez dije, harían falta micrófonos de ambiente para que los radioescuchas y los televidentes oyesen expresiones que conducen a actitudes que, sin ser oídas las razones, hacen pensar que uno está loco, es un malhablado o, por no saber qué añadir, sale por los cerros de Úbeda. Dije:

– “¿No puede uno hablar aquí o qué? Coño, a ver si no puede uno hablar aquí. ¡A la mierda, joder! -Rumores-. Estoy hablando con el ministro y no con ustedes. -Siguen los rumores-. Ustedes están habituados a hablar siempre porque aquí han controlado el poder toda la vida y ahora les fastidia que vengamos aquí a poder hablar las gentes que hemos estado torturados por la dictadura. Eso es lo que les jode a ustedes, coño, y es verdad, joder. A la mierda.”

Reconozco que no fue una pieza de oratoria perfecta, pero gran parte del país, ya harta de los desaires de los populares, del despotismo desilustrado de muchos de sus ministros y de la brutal desfachatez de Aznar, tomaron este polémico discurso como un “a la mierda” de ese nefasto personaje que, durante ocho años, gobernó este país con el cinismo de pactar con vascos y catalanes, arrumbarlos en las cunetas, casar a su niña en El Escorial como si fuese una princesita y crear un enfrentamiento entre comunidades por valoraciones económicas distintas.

Adhesiones

Cerca de las dos de la mañana abandonaba el Congreso sin ser muy consciente de la escena que se había vivido. Cuando salíamos, unos diputados aragoneses, entre ellos Mercedes Gallizo, Víctor Morlán y Teresa Cunillera, del PSC, que estuvieron hasta el final, me saludaron con el dedo índice hacia arriba, y ya en nuestro despacho vi que Paco Pacheco tenía aire de preocupación.

Al día siguiente madrugué porque había algún tema que afectaba los intereses de Aragón, y cuando entré en el café en que diariamente desayunaba con cierta frugalidad, unas mujeres con las que alguna veces habíamos coincidido hablando de política y se habían presentado como militantes socialistas me recibieron con aplausos, y en la tele, colgado casi del techo, aparecía yo a esas horas mandando a la mierda al personal.

Fue divertido cuando al mediodía Sabina, de viaje a Andalucía, me felicitaba, riéndose como un loco por lo sucedido. Nunca me sentí tranquilo con aquel gesto, y sé que a los jefes de mi partido no les pareció muy bien, pero quizás ese desplante mío lo pedían muchos ciudadanos. A veces a las gentes les gusta ver cómo el personal se desparpajea para decir lo que todos sentimos y nadie se atreve a exponer. De todos modos, y aunque espero no tener tumba ni mausoleo, ya se cuál puede ser mi otro epitafio: “¡A la mierda…!” Y todos tan contentos.

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